1: Titanio mojado.
La chica rubia despertó entumecida por el frío y con la cabeza en blanco.
Se frotó y refrotó los ojos antes de aventurarse a mirar dónde se encontraba, disfrutando brevemente de las lucecitas de feria del interior de sus párpados. Y, por un momento, dudó en abrirlos.
Los labios, escamados y secos, se abrían dolorosamente al paso de su lengua pastosa. Todo parecía doler, picar, arder. Sin embargo notaba su respiración y era consciente de que conservaba sus cuatro extremidades. Tendría que mirar, antes o después.
Semiabrió los ojos.
Lo primero que vio fue una mancha de color titanio, brillante y destelleante, que se introducía en sus pupilas como agujas. El dolor la acabó de despertar y, con un leve gemido, intentó incorporarse mientras sus ojos seguían anclados en esa luz metálica.
Por el rabillo de un ojo vislumbró una sombra anaranjada y grisácea flotando entre el titanio brillante, reverberada de rayos rojizos. Entornó los ojos como pudo, los cerró con fuerza y los abrió del todo:
Era el cielo.
Tenía las palmas de las manos apoyadas sobre una superficie rugosa. Entre sus dedos sentía el pellizco de bloques de madera húmeda. Al mirar hacia abajo primero comprobó que estaba entera: dos piernas, dos brazos, un tronco... recubiertos de ropa oscura, escarchada y descosida. Le sorprendía no sentir más dolor que el de los rayos lacerantes del cielo, pero - se dijo - tal vez estaba muerta.
Movió la cabeza breve y lentamente: flotaba en una barquita roja medio astillada, desprovista de remos y recubierta de algas gelatinosas. Interesante. Movió las manos a su espalda y la barquita se balanceó levemente, dejando sonar en la lejanía el flush flush del agua recién despertado de su estancamiento.
Fue entonces cuando le llegó el vómito, como un bólido haciendo carrera desde su esófago hasta sus labios. Su cuerpo se contrajo en revulsiones y lo echó todo sacando la cabeza por la borda, con las manos agarradas a las astillas de la barca.
Curiosamente, se sintió infinitamente mejor después de evacuar su estómago. Se llevó una mano a la boca y , utilizando el guante de lana sin dedos, limpió un poquito de saliva espesa de la comisura de sus labios. Se secó los ojos. Respiró entrecortada, tosió.
Y entonces se atrevió a mirar a su alrededor.
Iluminado por el gris anaranjado del cielo, quieto y aceitoso con la única excepción de la pequeña turbulencia que había creado su vómito en el agua, el Estanque del Retiro se extendía frente a ella en el más inquietante y puro de los silencios. Más allá, cerca del borde, flotaban unos cuantos patos muertos. Pero no había nada más, ni nadie más.
Volvió a toser y, tiritando, se dio cuenta de que no solamente no recordaba nada: ni siquiera sabia quién era.