2. Tierra y viento
Estupefacta, miró de nuevo a su alrededor.
El agua estaba estancada, un remanso viscoso y metalizado alumbrado por el increíble color del cielo. La chica se giró hacia el otro lado de la barca, introdujo los dedos que dejaba al descubierto uno de sus guantes y los movió tímidamente por la superficie. El líquido brillaba demasiado y parecía quedarse semiprendido a su piel como un jarabe transparente que se deslizaba dedos abajo en pequeños surcos.
Se quitó el guante y metió la mano entera. Ésta desapareció por completo tras la superficie plata y naranja, dejando a la vista un muñón de brazo reflejado que se multiplicaba y continuaba a la inversa gracias al efecto espejo del agua. Estaba frío, pero no demasiado, y al mover la mano lentamente sentía la inquietante caricia de las ondas internas, leves aunque gruesas, extrañas, palpitantes.
Sacó la cabeza por la borda y se asomó a la extraña superficie. El rostro que le devolvió la mirada era ajeno a cualquier cosa que pudiera resultarle familiar: el pelo, enmarañado y lacio, caía a ambos lados de su cara como cuerdecillas doradas; la cara bailaba y se distorsionaba levemente con el movimiento del agua, pero aun así podía percibir un par de ojos oscuros y notablemente rasgados, unos elevados y marcados pómulos, una nariz breve y levemente ensanchada en la punta, y unos labios finos, de delicado dibujo, entreabiertos y sorprendidos.
Intentó hablar; no podía emitir una sola palabra... sólo acertaba a gemir.
De pronto notó que un bulto viscoso se adhería a su mano. La sacó inmediatamente, con un leve grito: el cadáver de un pececillo naranja se resbaló por la superficie de sus dedos y cayó al agua para quedarse flotando medio metro más allá.
Entornó los ojos y vio que, alrededor de los patos y cisnes muertos, aparecían pequeñas motitas naranjas burbujeando sobre la superficie. Más allá escuchó un leve “plof” y dos, tres pececillos muertos empezaron a flotar junto a la barca. Otro “plof”, otro más y, ante sus sorprendidos ojos, en cuestión de segundos estaba rodeada por un círculo – enjambre de peces muertos que se mecía rítmicamente al vaivén del agua-jarabe.
La brisa, de pronto, sacudió su pelo con violencia. El cielo oscurecía y el aire traía un olor indescriptible, incierto, como si cien mil gotas de rocío se hubieran fundido en los más exquisitos nenúfares para mezclarse después con las escamas de un pez destripado y la sangre infecta de un buey enfermo.
Fue entonces cuando decidió salir de ahí.
Se colocó en el extremo inferior de la barca y, con una convulsión involuntaria de su estómago, se quitó el otro guante y metió las dos manos en el agua. Empezó a moverlas furiosamente como si fueran aletas. La barca no se movía.
Los pececillos saltaban entre sus manos y algunos caían inertes sobre la barquita, que ahora se mecía peligrosamente en el creciente viento.
Se incorporó como pudo, gimiendo al escuchar los huesos de sus rodillas reencontrándose, se ciñó el abrigo de gabardina gris oscura, preparó sus pies, observó que las negras botas militares estaban bien acordonadas y saltó al agua.
Una brazada, otra, otra... mantuvo el ritmo como pudo y los ojos semicerrados pero siempre fijos en el borde del estanque, cada vez más cerca. El esfuerzo era casi insoportable. La ropa la ceñía como una armadura inmóvil y el líquido ofrecía mucha más resistencia de lo que hubiera podido imaginar. Al final sus dedos rozaron el hierro de la verja y pudo colocar una mano sobre el borde de granito. Apartó a dos peces y un cisne de su cara y se alzó, agotada, sobre la piedra.
Agarrándose a las rejas oxidadas del estanque, trepó hasta rodearlas y colocarse al otro lado, en tierra firme.
El viento había desatado una pequeña tormenta de hojas secas a su alrededor y el olor a flores y podredumbre era cada vez más intenso. Todavía laceraban el aire los rayos desnudos del cielo, pero éste empezaba a tornarse gris oscuro. Permaneció de pie en el pequeño camino junto al estanque, pensando sin saber en qué, aterrorizada sin saber de qué y de pronto, tras el esfuerzo, el frío se apoderó de ella.
Echó a correr por la avenida, y al llegar al final del estanque se encontró con otra mucho más larga que descendía hacia un horizonte donde se percibían edificios grisáceos en la bruma.
Siguió corriendo por aquel camino flanqueado de arbolillos ateridos que rugían al compás del viento, por el asfalto escarchado y las piedras desperdigadas. Lo único que vio en su carrera fue una paloma muerta junto a un banco.